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Bienvenida la regla

Por Anamaría Cofiño K

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Publicado en laCuerda

Hace años, uno de mis amigos gay más salidos me dijo que envidiaba a las mujeres por nuestra capacidad de auto-evaluación mensual. Yo me había estado quejando de los trasiegos emocionales a que las hormonas me tenían sujeta, donde mis nervios, sentimientos y pensares eran sometidos a unos vaivenes incomprensibles.

Antes sólo había identificado mis menstruaciones como un periodo de limpieza, como el dragado de un río que daba como resultado un alivio que la regla propiciaba. El famoso síndrome premenstrual me había llevado a hacer declaraciones íntimas, a destapar clavos, a escribir y bordar como desenfrenada. Hubo ocasiones en que los días previos podían ser infernales, largos, tensos. Recuerdo el deseo de salirme de mi piel y desollarme viva, o la ansiedad suscitada por una fertilidad contradictoria. La reflexión que entonces empezaba a madurar se ha convertido ahora en un saber acumulado, en certezas compartidas y reconfirmadas.

Pese a las maldiciones y condenas culturales contra la sangre femenina, para mí su presencia ha sido vital, no sólo por las implicaciones que tiene en mi ciclo de reproducción, sino por las repercusiones psicológicas que he ido observando y transformando para mi propio bienestar. Compartir estas experiencias ha sido una especie de Renacimiento. De joven me enseñaron que la menstruación era sucia y pecaminosa. Nos dijeron que apestaba y producía enfermedades; nos obligaron a ocultarla y silenciarla, a padecerla como otro mal de nuestro desprestigiado género. Entre las mujeres, la regla se vivía como un periodo incómodo, pesado, desagradable, propio de nuestro sexo. Como muchas características femeninas, ésta se sumaba al aspecto negativo del ser humano.

Después de ver pasar cientos de torrentes rojos, me acomodé a ellos como a otros hábitos y costumbres. Entendí que si estaba como de cristal cortado, era eso; que si de repente enfurecía estrepitosamente, era porque ya mero. Y poco a poco llegué a apreciar esa presencia que me acercaba a millones de hembras que transitan por el mundo. Buscando e investigando, descubrí maneras alternativas de ver mi cuerpo y de vivirlo con placer y gozo. Deseché la vergüenza y la pena cuando tuve el coraje de hablar de la regla con su nombre y apellido, en espacios sociales, con hombres y mujeres. Para muchos amigos era novedoso intercambiar opiniones respecto de un hecho que la moral condenaba al ostracismo y la reclusión. Hablar en voz alta y sin tapujos sobre el asunto me liberó del peso del silencio. Junto con este salto de trancas vinieron otros tantos, como los relacionados con la sexualidad.

En poco tiempo voy a dejar de ver mi regla; por edad me corresponde entrar a la etapa de la menopausia, otra palabra poco simpática. A veces la idea de perderla me asusta, como si me fuera a quedar fuera de un círculo referencial. Cuando la veo aparecer, radiante y puntual, casi le doy la bienvenida, como a una vieja amistad que se ha sostenido en el tiempo. Recuerdo bien la primera vez, la ignorancia que me rodeaba y las dudas que me acometieron. Pese a los achaques y las molestias, puedo valorar mis lunas como momentos muy propios en los que se despiertan miles de cuestionamientos, fantasmas, inquietudes. Quizá gracias a esos sentimientos, sigo viéndome a través de los lentes de una autocrítica aguda que no me deja caer en la complacencia y me estimula a seguir construyendo a la mujer que soy y quiero ser.



2005-03


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