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Las mujeres en los programas electorales

Por Amelia Valcárcel

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Numerosos han sido los avances en esta legislatura. Pero aún queda una ley de plazos

Un diputado quiso insultar al presidente del Gobierno al grito de "¡feminista!"


Qué pueden esperar las mujeres de unas elecciones? En todo el planeta Tierra las mujeres se mueven y buscan en geografías de valor inéditas. Aunque hacen cosas muy distintas, se puede asegurar que ninguna está haciendo lo que hicieron sus madres ni sus abuelas, para bien o para mal. Forman una totalidad bullente que igual se presenta a las presidenciales que invierte en algunos países la tendencia occidentalizadora que la generación anterior adoptara. Se han sumado todas, en cualquier caso, al trabajo productivo. Esto ha cambiado la faz económica del planeta. El desaforado crecimiento económico tiene que ver con la tasa de actividad extradoméstica de las mujeres. La inmensa transformación socio-moral de las vidas femeninas es tanta y tan profunda que no se puede suponer que haya sido desatada, ni mucho menos ahora guiada, por las estructuras de la política formal.

Las mujeres pueden ser buenas corredoras libres. Es el nombre que reciben quienes sin necesidad de estar en la brecha disfrutan de los beneficios que obtengan quienes sí lo están. Cuando tras una política feminista se alcanzan ventajas, todas las mujeres se benefician de ellas, con independencia de si han apoyado la opción más favorecedora. Por ejemplo y en España, la paridad en las listas electorales beneficia a las mujeres del PP, que se opusieron a ella; y las leyes de igualdad, de violencia de género o de ayuda a las personas dependientes aprobadas por el actual Gobierno no distinguen de votantes: todas las ciudadanas las aprovechan.

Los avances en la actual legislatura han sido muchos. Queda también agenda por delante y fuerte: una ley de plazos para la interrupción voluntaria del embarazo, sin ir más lejos. Pero ahora, sin entrar en esos asuntos de fondo, las mujeres se ven cortejadas por ofertas puntuales: rebajas impositivas, premios selectivos. Como en nuestro mundo, además, las mujeres van adquiriendo autoconciencia y sabiéndose sujeto político, puede iniciarse la historia del "disputado voto femenino". Señoras, siéntense y acódense, que comienza la subasta.

En verdad la democracia es la principal aliada de las oportunidades y libertades femeninas, si bien ha ido abriendo su bolsa con parsimonia. Tanta como la diferencia entre dos Juanes, por así decir. La que dista entre un par de grandes fundadores de la teoría democrática, Locke y Stuart Mill.

John Locke imaginaba que era posible mantener la libertad y la igualdad varonil sin que ello afectara a la marcha sumisa de las mujeres en la familia, porque, de alguna manera, la familia era el auténtico individuo social. Libres e iguales debían serlo los ciudadanos; las ciudadanas no estaban previstas. John Stuart Mill removió el viejo liberalismo para hacer notar que el número de los ciudadanos se duplicaría, porque las ciudadanas llegarían a existir antes o después, y que, por lo tanto, la fuerza de la tradición y la costumbre habría de derretirse ante tal novedad. Cada uno y cada una, cada persona, sería el verdadero individuo. Tenemos dos modelos: liberal estricto el primero, republicano feminista el segundo.

Recuerdo todo eso porque en épocas electorales y ante la avalancha de promesas, es bueno tener una eficaz plantilla interpretativa. Siguen existiendo dentro del pensamiento de la democracia estos dos modelos: o cada individuo tiene una familia de la que es jefe, o cada persona es, sin más, un individuo. Los jefes de familia, esos que en la antigua declaración de hacienda y en el censo se llamaba persona principal, están en franca retirada política, moral y económica; sin embargo, han dejado su huella en las ideas y la forma de expresarlas. A su campo semántico pertenecen el matrimonio, la formación, la tradición, la autoridad y las buenas costumbres. Los individuos son más partidarios de la pareja, la educación, la novedad, el consenso y la tolerancia. Así son las cosas.

Unos y otros quieren parecidas cosas de la política, que se dejan resumir en una: buen gobierno. Lo que implica tranquilidad respecto a lo que se espera y seguridad sobre lo que se tiene. No obstante, esto garantizado, una parte del electorado quiere cierta innovación y otra más orden. Y las libertades de las mujeres pertenecen de lleno al territorio de la innovación. De hecho han tenido que ir siendo arrancadas una a una del ámbito de la familia y la costumbre.

Para que las mujeres se vuelvan individuos con derechos civiles y políticos y con proyectos de vida propios, la democracia lockeana ha tenido que ser atacada y vencida. Ahora, las mujeres en una democracia pueden esperar mejoras y apoyos que les ayuden a quemar etapas en su conquista de la plena individualidad. En una tiranía o un despotismo lo tienen casi todo en contra. Pocas excepciones hay: allí donde la tradición es fuerte y se levanta como la columna vertebral del sistema normativo, las mujeres tienen también pocas novedades que esperar. Les está por lo general marcado un lugar en el ámbito privado, que es donde su vida entera debe transcurrir. Pero donde la innovación se haya hecho cargo del latido social, fluirán las libertades y las mujeres se apresurarán también a tomarlas. No importa de qué posiciones, conservadores o progresistas, partan. Si aparece una oportunidad, la habitarán.

Los periodos electorales en las democracias son también ocasiones para un buen debate. Como aquí, gracias a la legislatura que termina, ya no hay que luchar por lo evidente, las mujeres se sienten un poco más individuos y pueden hacer de mendigas generosas. El mendigo generoso bien pudiera ser la figura contraria al corredor libre. ¿Cómo administran las electoras las victorias feministas? Votan con una extraña generosidad. Pagan a veces a quienes nada deben y devuelven a los que nunca les prestaron. Es casi como si padecieran un problema general de memoria política.

Dígase además que por lo común las electoras casi nunca recuerdan al votar que son mujeres. Se calzan la ciudadanía de hoz y coz, sin reservas ni sobrentendidos. En las sociedades tradicionales o arcaizantes, las mujeres caminan cubiertas con diversos tocados honestos y aquí van por la vida política bajo el "velo de ignorancia", que es como otro gran teórico de la democracia, Rawls, llamó a la imparcialidad perfecta. Las mujeres no suelen votar por propio interés. Muy al contrario, las cifras muestran que en grandes números se comportan electoralmente igual que los varones, esto es, votan conservador o progresista en proporción similar. Lo que quiere decir que, también en grandes números, dan su voto a quienes se lo negaron, dejan que administre su libertad quien la impidió a toda costa y entregan su recién adquirida educación a las opciones que quisieron mantenerlas analfabetas. Por supuesto que aquí se detecta cierta exageración: "¡Nadie, se dirá, defiende eso ahora!". Muy cierto, pero defendían hace semanas cosas que llegarán a parecer tan atrabiliarias como ésas.

¡Qué largo me lo fiais! Sí, pero me sigue extrañando que la derecha, cercana de suyo a la idea de tradición y buenas costumbres, tenga con la memoria un trato tan desigual. No sólo no le gusta, sino que es capaz de declarar con desparpajo que cosas de ayer son del tiempo del rey que rabió, agua pasada que no interesa. Si los conservadores no quieren memoria y las votantes no la administran, ni incluso la más cercana de lo obtenido ayer mismo, las consecuciones comunes se resienten. La generosidad, siendo una virtud, no se confunde con el dispendio, que es un vicio. La memoria permite actuar como grupo que sabe lo que quiere. De ahí que alguien tenga que ser su vestal.

El feminismo o las ocurrencias en los programas electorales deben ser, primero, conocidas; después, evaluadas conforme a una regla relativamente simple: obras son amores. Las mujeres, no sólo durante las épocas electorales, sino cada día al inaugurar constantemente nuevos territorios de vida, están incidiendo en todo lo que ocurre. Debe llegar un momento en que además sean conscientes de su protagonismo. Entonces, su voluntad común, que ahora es todavía pequeña, conseguirá acabar de una vez con el déficit de ciudadanía en que aún permanece.

No recuerdo el nombre del diputado que quiso insultar al presidente del Gobierno al grito de "¡feminista!", pero supongo que pertenece al mismo grupo de quienes juzgaban que "demócrata" era un improperio.

P.-S.

Amelia Valcárcel, catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED, es miembro del Consejo de Estado.


Fuente: El País. Febrero del 2008. Texto que ha desaparecido en su fuente original.


2011-11


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