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[Por Gemma Lienas ]

De los derechos individuales al bien colectivo

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Intento imaginar qué reacción provocaría un titular como éste: “los niños y niñas que trabajan ven conculcados 25 de los derechos de la infancia”, y concluyo que la mayoría de personas expresarían, como mínimo, perplejidad, si no, indignación. Seguramente considerarían que el solo hecho de que una criatura tenga que ganarse la vida ya es, en sí mismo, una vulneración de sus derechos. Sin embargo, un titular de este porte aparecido en noviembre de 2005 en referencia a las prostitutas no generó ningún tipo de controversia.

En una época en la que existen asociaciones que luchan, por ejemplo, para que los cerdos sean trasladados al matadero en condiciones dignas, no deja de sorprender que ni siquiera el Observatorio de los Derechos Humanos de la Universidad de Barcelona, firmante del estudio al que se refería el titular, cayera en la cuenta de que la compra de un cuerpo para el solaz sexual es un atentado contra los derechos humanos y contra la dignidad de las personas.

Es cierto que en los últimos tiempos bastante gente, incluso de mentalidad progresista, piensa que venderse el sexo viene a ser como venderse la fuerza física, y que entre una puta y un albañil no hay mucha diferencia. Pero la hay, y si no preguntad a cualquier prisionero o prisionera de un campo de concentración -de Auschwitz a Guantánamo- en qué momento sintió que dejaba de ser persona. Seguramente dirá que el trabajo corporal agota pero a menudo ayuda a pasar los minutos; que las privaciones físicas resultan dolorosas pero favorecen la solidaridad (también la insolidaridad) entre presos; y que lo que arrebata la dignidad son cuestiones aparentemente “inofensivas”, relacionadas con el propio cuerpo. Como las que Primo Levi y sus compañeros de barracón sufrieron al ser afeitados al cero y obligados a desnudarse y que él sintetiza en su libro Si esto es un hombre cuando dice: “Entonces, por primera vez nos hemos dado cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre”.

En realidad, esta táctica se remonta a los orígenes de la humanidad, que rápidamente comprendió que para someter a otro ser humano sólo era preciso robarle el propio respeto e inocularle fuertes dosis de miedo. Ésta ha sido y es la estrategia nuclear de la esclavitud, que podrían confirmar cada una de las mujeres y niñas víctimas de las redes internacionales y forzadas a prostituirse (el 95% del total de prostitutas) si no fuera porque prácticamente nunca tienen la oportunidad de ponerse ante un micrófono. Estos millones de prostitutas-esclavas (4.000.000 cada año), que circulan de un mercado a otro para satisfacer la “incontrolable” libido masculina, alimentan la idea, vieja como la humanidad, de que el cuerpo femenino es una mercancía. Las mujeres en edad núbil fueron el primer “objeto” que intercambiaron las tribus y la “cosa” más buscada cuando se atacaban. Nuestro inconsciente guarda todavía con extraordinaria fidelidad la idea de que las mujeres son de segunda clase, más próximas a objetos que se pueden poseer que no a seres con la misma dignidad que los varones.

Respeto el derecho de determinadas mujeres (un 5% de las prostitutas) a mercadear con su cuerpo, de la misma manera que entiendo que una persona llegue a vender un riñón, a alquilar su útero o a exhibir su enanismo en un circo —por necesidad o porque le gusta el dinero “fácil”—, pero no considero que los derechos individuales constituyan un motivo para legislar y legalizar situaciones que vulneran los derechos del resto de prostitutas o, en general, de todas las mujeres y que no permitirían alcanzar nunca el objetivo de una sociedad más justa e igualitaria.



2006-02


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