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Mujeres enrejadas

Por Baltasar Porcel

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El velo islámico o hiyab también se ha convertido en una de las causas del terrorismo y de la tensión racista, al emblematizar desde la confesión religiosa hasta la manifestación de una identidad, pasando por la exhibición de una moral. Francia se lleva ahí la palma, al haber convertido el velo en enemigo de su rígido republicanismo, que además de exigir la laicidad –una de las grandes conquistas de la libertad– ha cometido auténticos atropellos y hasta genocidio al imponer un uniformismo automatizado. Pero dejemos ahora la Republique y vayamos al islam.

Que el velo comporte identidad solamente pueden creerlo los que son ignorantes. Uno de los primeros especialistas en el Corán, el tunecino Mohamed Talbi, ha declarado: “El Corán no dice nada sobre el velo, y la palabra cabellos ni existe en él”. Y es verdad con matices, peligrosos en manos de las ortodoxias. Así, las suras coránicas 19 y 30 hablan de canas referidas a la vejez en general. Y en las 24 y 33 se cita el velo, ahora sí que anejo a la pudibundez femenina en relación con las huríes del propio Mahoma: “Di a tus esposas, a tus hijas, a las mujeres creyentes, que se ciñan los velos”. Pero éstos, según otro gran especialista, nuestro Juan Vernet, aluden “a un velo que iba de la cabeza a los pies, no es de creer que se refiera al de la cara”. Es el chador. De ahí que otros traductores lo conviertan en manto (Julio Cortés) o en mantell (Mikel de Epalza). Con lo que estaríamos, pues, ante una costumbre semejante a la nuestra de los viejos mantones negros con que las mujeres se cubrían antaño para ir a la iglesia o simplemente salir a la calle, y que más tarde se estilizó en la mantilla o mantellina, peineta andaluza incluida, e incluso prenda de recamado lujo. Equivalía a recato, respeto, al fin a loado atributo femenino. En la Arabia de Mahoma las mujeres que salían sin esa especie de túnica que las velaba podían ser confundidas con esclavas y los hombres se metían con ellas.

La cuestión, entonces, es ésta: una costumbre convertida en tradición, ¿puede transmutarse en dogma? Porque las musulmanas que están por el velo son sin duda sinceras al creerlo un signo de identidad religiosa, étnica y hasta psicológica, como les ocurría a las campesinas europeas que usaban el mantón o a los hombres que se cubrían con una capa o un sombrero. Y del velo a la burka afgana, auténtica cárcel vestimentaria y enrejada, sólo hay un paso. Todo junto, sumisión y esclavitud para la mujer, tan fatal aún hoy en Occidente y anonadante, horrible, en el islam al menos tradicional.

Fuente: La Vanguardia



2004-09


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