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Miedo al código

Por Verónica Engler

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El software libre es una alternativa al modelo hegemónico de procesar datos dentro del mundo virtual que imponen las grandes corporaciones -con el uso del copyright- y que pone en primer plano la necesidad de socializar el conocimiento y realizar un desarrollo cooperativo entre usuarios y usuarias. Claro que las chicas apenas participan en un 1,5 por ciento de estas ventajas: ¿falta de estímulo, pereza o prejuicios en la comunidad virtual?


Hace unos veinte años, cuando la Aldea Global era apenas una entelequia anunciada en los cenáculos académicos del Norte, las tecnologías que darían cauce a ese mundo único e hiperintegrado ya estaban listas para empezar a tentar a las multitudes que pronto organizarían sus vicisitudes (amorosas, laborales y económicas) frente a la computadora.

Para ese entonces, las grandes compañías de computación comenzaban a perfilarse al tiempo que modelaban un sistema regido por el copyright para el desarrollo y la distribución de sus productos. Paralelamente, pero en sentido contrario, en el underground digital -fraguado por los hackers de la primera hora- se acuñaba la noción de “software libre” para nombrar una alternativa al modelo hegemónico que proponían las incipientes corporaciones.

Esa nueva forma de entender la computación no implicaba solamente el manejo de conocimientos técnicos, sino también concepciones políticas relacionadas con la socialización del conocimiento y con un modelo de desarrollo cooperativo, abierto y... ¿democrático? No tanto.

Porque las chicas ni aparecían en escena, o sólo lo hacían en carácter de novias de algún caballero ducho en la escritura de código informático. Algo nada extraño si se considera que las mujeres históricamente han sido una ínfima minoría en las áreas de desarrollo tecnológico. De acuerdo con un informe de la Unión Europea, esta situación se agrava en los ámbitos de software libre: sólo el 1,5 por ciento son mujeres, proporción bastante inferior a la que se da en otras áreas.

Poco a poco, las féminas se están abriendo paso en la comunidad del software libre. Prueba de ello son las iniciativas que han encabezado en lo que va del siglo para estimular a que otras se sumen. “El fortalecimiento del trabajo en red y el fomento de una cultura organizacional no jerárquica, características intrínsecas del software libre, han sido estrategia y bandera del movimiento feminista”, destaca desde Madrid Montserrat Boix, fundadora del grupo español Mujeres en Red por el Software Libre y no Sexista.

Lo más importante de esta tecnología alternativa no es que los programas sean gratuitos y de libre distribución (nadie recibirá el mote de “pirata” por hacer copias), sino que el código fuente -el lenguaje con el que están escritos- es abierto, de acceso público, algo que no sucede en programas como el Windows de Microsoft, por ejemplo.

Pero el acceso al código fuente no es sólo una delectación intelectual para una minoría de iniciados. Que una no tenga la pericia suficiente para interpretar las crípticas líneas de instrucciones que hacen funcionar a las computadoras no invalida el recurso. Otras y otros, expertos en el arte de la programación, sabrán leer el tan mentado código, y eso sirve, por lo menos, para evitar y corregir errores (por ejemplo, los típicos “cuelgues” que sufrimos a diario frente al monitor), y también como antídoto contra las habituales fallas de seguridad, denominadas “puertas traseras” (backdoors), que permiten redirigir la información de una computadora hacia otra, sin que el usuario o la usuaria puedan advertirlo, con el consiguiente riesgo para la privacidad de sus datos.

La antropóloga argentina Verónica Xhardez, adepta a los programas de código abierto e integrante de la organización Software Libre Argentina (Solar), reconoce que su relación con la tecnología se modificó “cuando adquirí la conciencia de las posibilidades que ofrece conocer la herramienta que se está usando y, en un marco más amplio, cuando comprobé la potencialidad emancipadora que tiene el software libre, que en definitiva es conocimiento, en un país en desarrollo como el nuestro”.

Al margen

Dos décadas de trajín al margen del mainstream informático no fueron suficientes para derribar los estereotipos de género que aquejan al mundillo digital, aunque han corrido ríos de tinta y bytes para tratar de explicar la ausencia femenina en estos dominios.

A comienzos de la década del ’90, Ellen Spertus -que por entonces integraba el Laboratorio de Inteligencia Artificial del Massachusetts Institute of Technology- tuvo la buena idea de compendiar lo que había sobre el tema en el clásico Why are so few female computer scientist? (¿Por qué hay tan pocas científicas dedicadas a la computación?). En esa investigación Spertus repasaba textos y situaciones que le permitieron responder a su pregunta asumiendo que los gustos y las habilidades en una disciplina como la informática no están inscriptos en los genes, por lo que la presencia abrumadora de varones y la ausencia casi absoluta de mujeres responde a situaciones determinadas socialmente desde muy temprana edad (por ejemplo, un estudio realizado en EE.UU. mostraba que en hogares con niñas y niños las computadoras familiares solían estar en la habitación del hijo varón).

En la misma línea que Spertus, la canadiense Van Helson, una avezada desarrolladora de Linux (el sistema operativo de código abierto, alternativo a Windows), decidió redactar un texto en el que plasmó las ideas que surgieron en numerosos encuentros y charlas con sus colegas. El objetivo del documento, titulado How to encourage women in Linux? (¿Cómo estimular a las mujeres en Linux?), no era realizar un mero diagnóstico, sino proponer formas de acercar a sus congéneres hacia el software libre.

A la falta de confianza que la amplia mayoría de las mujeres experimenta ante una computadora, se suman las típicas situaciones que deben enfrentar a diario en el ámbito informático como el lenguaje sexista y los chistes machistas en los foros de intercambio, la percepción de la computación como una actividad antisocial (que requiere extensas jornadas de aislamiento dedicadas a la escritura de código) y la falta de modelos femeninos.

En el caso del software libre, una característica que se suma a las anteriores y las potencia es que, dado el origen en cierta forma marginal del movimiento, el autodidactismo a ultranza es altamente valorado. Por lo que no resulta fácil en general y mucho menos para las mujeres, que vienen con su propio lastre, ingresar en la movida, participar y hacerse respetar. Por ejemplo, hasta no hace tanto, cuando alguien osaba formular alguna pregunta “un tanto obvia” (que dejaba traslucir que no se había explorado lo suficiente como para evitarla) en un foro de discusión sobre Linux, por ejemplo, una de las respuestas más habituales era “RTFM!” (por Read The Fucking Manual!), que en buen romance se desglosa como “¡Leé el maldito manual!” (por usar un calificativo suave).

En Voces libres de los campos digitales, una investigación social sobre el SL en América latina y el Caribe -recientemente editado por Bellanet y el International Development Research Centre- se incluye un capítulo dedicado al tema de género. A partir de una serie de encuestas, la costarricense Margarita Salas -encargada de dirigir la investigación— observó que los hombres intentan resolver primero por su propia cuenta y evitan solicitar ayuda, mientras que las mujeres experimentan menos y utilizan como primer recurso la consulta a otras personas. “Ambos estilos de aproximarse al conocimiento tienen ventajas y desventajas, sin embargo, son valorados de manera diferencial en el ambiente de la comunidad de software libre”, señala.

Usuarias y administradoras, ¡presente!

Para sumar a otras damas, Van Helsen recomienda a los varones evitar comentarios despectivos o lances desesperados para conseguir una cita sexual cuando una chica intenta integrarse en algún LUG (Linux Users Group). Por otra parte, tira abajo el mito que pinta a quien trabaja en programación como un anacoreta abstraído en la contemplación del código. Con respecto a la ausencia de modelos femeninos, hace un llamado para que las muchachas se animen a hacer públicas sus contribuciones en la comunidad del software libre y de esta manera animen a las que están por llegar.

“Es un problema el hecho de que las mujeres no estén involucradas en áreas técnicas como lo están los hombres. Por eso, para incrementar nuestra visibilidad necesitamos mujeres que estén dispuestas a comunicar públicamente acerca de su trabajo con código abierto, para que otras mujeres no se sientan solas o ajenas cuando intentan acercarse a esta comunidad”, afirma la veinteañera Máirín Duffy, que trabaja en Nueva York como desarrolladora de Gnome, uno de los entornos gráficos de Linux (anteriormente este sistema operativo no se manejaba con menúes y ventanas sino con líneas de comandos).

“Hace unos años era duro comenzar a trabajar en proyectos de software libre, porque la gente se comunica por chat y e-mail, y como no se ven personalmente resultaba fácil para algunos muchachos hacer comentarios estúpidos cuando alguien decía que era mujer, porque no era común ver a mujeres trabajando en tecnologías de la información. Pero todo eso está cambiando rápidamente y las mujeres están cada día más involucradas en el tema”, se esperanza Anne-Marie Mahfouf, que en 2001 creó el grupo KDE-Women (KDE es una variante de Linux).

Según informa Verónica Xhardez -que participó desde Solar como contraparte del Cono Sur (Argentina, Chile y Uruguay) en la investigación que concluyó en Voces libres de los campos digitales...-, en nuestro país “hay muy buenas desarrolladoras dentro de la comunidad, pero la participación de las mujeres sigue siendo escasa, no debe llegar al 5 por ciento-detalla-. Asumo que esta situación tiene que ver con la asociación de lo técnico con lo masculino y del software libre con ámbitos difíciles”.

Gran parte de la tarea que están encarando los grupos de mujeres en la actualidad se encamina a dar por tierra con estos supuestos que desaniman a más de una. “Nuestra idea es demostrar que el software libre no es ni tan complicado ni tan exótico e inaccesible como se empeñan en hacernos creer”, explica Montserrat Boix. “También nos interesa reivindicar que los programas de software libre que se están generando tengan un lenguaje no sexista, que se tenga en cuenta la premisa del masculino y el femenino cuando se hacen las traducciones, que se hable de usuarios y usuarias, de administradores y administradoras”, ejemplifica.

El software libre, hay que decirlo, perdió buena parte de esa aura cuasiesotérica que lo envolvía en sus comienzos. Las grandes compañías (Yahoo, Google, Apple e IBM, entre otras) ya se percataron de las ganancias que puede aportarles esta promisoria tecnología. “El software de código abierto está evolucionando desde un tipo de movimiento underground avant-garde hacia (una tecnología) ampliamente aceptada y pronta a convertirse en una de las corrientes principales de la industria”, destaca un grupo de investigadores de la Universidad de Cambridge (Inglaterra) en un informe (Free/Libre and Open Source Software:Policy Support) que este año presentó ante una comisión de la Unión Europea, con recomendaciones para promover acciones tendientes a disminuir la brecha de género en el ámbito del software libre.

Habrá que ver qué lugar ocupan y qué tienen para decir las mujeres en este nuevo escenario tecnológico.


Publicado en Página 12 - 29 diciembre 2006


2007-01


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